¿Dónde están las ideas?

Supongo que esa es la pregunta que, los que escribimos, más seguido nos hacemos y nos respondemos. Porque la respuesta corta y sencilla es: en todos lados.
Podemos encontrar historias en una persona que nos intriga, en una situación que nos llama la atención, en un paisaje que nos sugiere algo, en una palabra que de pronto revela un significado, y así podría seguir.
La inspiración, como yo la siento, no siempre participa en la gestación de un texto. A veces, el disparador es una premisa ajena (como una actividad académica) o un interés propio, pero que no necesariamente nos dicta las palabras exactas para su concreción.
“Que la inspiración te encuentre trabajando” (o algo así) dijo Picasso una vez. La práctica es importante. El ejercicio da resultados. Pero existen esos momentos mágicos en los que, de pronto, las palabras aparecen bailando frente a nuestros ojos, encadenadas de forma perfecta, y listas para transponerse al papel. Lo tomas o lo dejas.
Me ha pasado de dejar, de escuchar a mi musa golpeando la puerta, y fingir que dormía para no abrirle. Indefectiblemente, me arrepentí. Porque a pesar de que me auto-convenzo de que no es algo efímero y valioso, - “lo memorizo y después lo escribo” – nunca es verdad. Nunca vuelve igual.
Moraleja intermedia: siempre escribir, más aún cuando hay una idea.
Pero volvamos a la situación planteada originalmente: carecer de ideas. Cruel realidad, más frecuente de lo que me gustaría. Hay días en los que, por alguna razón en particular o por ninguna en especial, siento la urgencia de tomar un papel en blanco y llenarlo de mis palabras… ¡pero no sé qué escribir! Y esa urgencia se convierte en malestar físico y arruina mis días o mi humor, y esta actividad que tanto me llena, me hace sentir vacía de pronto. Un escritor que no sabe qué escribir. Hasta suena triste. Es una lamparita que no ilumina o un pájaro que no vuela.
¿Qué se hace? (Si bien voy a ensayar una respuesta a continuación, esta pregunta va a quedar abierta a todos) Una vez leí un escrito de Edgar Allan Poe en el que detalla, cual receta culinaria, los pasos a través de los que dio forma a su célebre poema “El cuervo”. [Pueden leerlo aquí, y lo recomiendo] Y si bien, después de leerlo, pensé que desencantaba un poco al arte de escribir, me fascinó el método. El poema resultó ser una composición: una suma de partes racionalmente establecidas, en la que el componente mágico casi no tiene lugar.
Así que no hay que esperar a que el Hada de las Prosa o la Musa de las Ideas nos visiten, sino que hay que escribir. Y el aroma de lo que estemos cocinando seguro va a atraerlas para probar un poco… Y entonces, ¡las agarramos de los pelos y las obligamos a ser esclavas de nuestras plumas!

2 comentarios:

Blogdeprueba dijo...

Lo bueno es cuando a uno se le ocurre algo re chiquitito genial. Y lo mejor es cuando las ansias de usar ese chiquito llevan a que uno escriba un montón de cosas alrededor. Porque quizás uno no escribía escribir algo sobre, ponele, los astronautas, pero se le ocurre una frase y re que la quiere usar!

Anonymous dijo...

Excelente ejercicio, ojala yo lo hubiera tenido en su momento... :P y muy linda estetica!

Yo tenia un blog, uno que abandone desde el 2006, que fue un regalo en el 2001, ais que vivio muchos años; lo dejare ahi como historia y algun dia me hare un livejournal. Todos necesitan expresarse y que alguien lea sobre eso, no? toda sla spersonas que conozco, personalmente o desde afuera, tienen un blog o un livejournal. Es un fenemeno extraño, yo soy dibujante, pero por ejemplo hace 3 dias que no pare de escribir una historia que me tiene dando vueltas en la cabeza. Y cuando juego rol, la que realmente literariamnete los episodios que hacemos en vivo con los personajes soy yo. Tengo algo de escritora, y algo de ilustradora; ilustro lo que leo y escribo lo que me cuentan. Gracias a Dios, tengo ese don de autocorrepsonderme... a veces :P

Merd!

Gala

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