Crónica sobre "La sublevación de la palabra"

Una Ausencia Presente
Recorrido por los pasillos de un laberinto walshiano.

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Desde el 25 de abril, y hasta el 9 mayo, la Universidad de Quilmes aloja la muestra itinerante “Walsh, la sublevación de la palabra”. Pertenece a la Facultad de Periodismo y Comunicación Social de La Plata y al Archivo Histórico del Instituto Cultural de la Provincia de Buenos Aires, y se presenta en recordatorio de los 31 años pasados desde la desaparición del escritor.

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No sé exactamente qué esperaba encontrarme cuando fui a visitar la muestra por primera vez, pero por alguna razón me sorprendió lo que vi. Un laberinto. Paredes altas con fotos enormes que me intimidaron un poco. Rodolfo Walsh, desde todas ellas, deja que le roben un poco el alma.
Superando esa primera impresión, doy mi primer paso en este recorrido.Lo veo leyendo, escuchando, escribiendo. A veces está serio, otras sonríe y se lo nota relajado. De pronto lo encuentro joven y pienso sin filtros que era muy buen mozo. Nunca me había planteado eso. Leí por primera vez a Walsh durante el secundario, sus cuentos policiales de “Variaciones en Rojo”. Me atraparon, me interesaron. Y después me sentí un poco mal cuando supe que él no estaba muy orgulloso de ellos. Luego llegaron otro cuentos, y al fin, “Operación Masacre”. Fue el primer escrito del género no-ficción que leí, y conmovió mis percepciones. Walsh se ubicó en un pedestal que yo observaba desde muy abajo, pero ahora lo tengo frente a mí, sentado en la arena de una playa, jugando con su hija. Siento que invado su privacidad, y giro mi cabeza para mirar otra pared. Me encuentro con una de sus frases, en la que se le escapa una definición del periodismo: “esa búsqueda a todo riesgo, ese testimonio de lo más escondido y doloroso”. La anoto.
Sigo caminando y leo algunos datos biográficos. Rodolfo Walsh nace en el año 1927, en Nueva Colonia de Choele-Choel, en Río Negro. Se dedica definitivamente al periodismo desde 1951, luego de pasar por muy variados empleos y de abandonar la carrera de Filosofía. Sus primeros cuentos son policiales. Y en 1957 llega “Operación Masacre”, la primera muestra de un estilo incipiente e inédito, que más tarde se convirtió en marca registrada.
Me siento un poco tonta cuando me doy cuenta de que experimenté una especie rara de orgullo al leer que escribía de noche y corregía de día, como yo suelo hacer. La coincidencia de costumbres no garantizar el estilo ni el talento, me digo. Y sigo caminando. Quiero ver otra vez una imagen, pero no la encuentro: el laberinto es efectivo, así que me dejo perder.
Walsh con un libro en sus manos, Walsh saludando personas, Walsh escuchando un discurso, Walsh fumando… Walsh opinando sobre las formas de informar de las agencias y sus efectos en las personas, Walsh describiendo miradas como todo escritor desearía poder hacerlo, Walsh confesando que dejó de escribir inhibido por una novia que lo hacía mejor, Walsh reivindicando la importancia de captar los procesos implícitos en su obra, Walsh haciendo una analogía entre una máquina de escribir y un arma… Me detengo. “(…) tenés un arma: la máquina de escribir. Según cómo la manejás es un abanico o una pistola y podés utilizarla para producir resultados tangibles (...) con cada máquina de escribir y un papel podés mover a la gente en grado incalculable. No tengo la menos duda.”
Veo por una de las salidas que hay algo al costado de las paredes. Me salgo del recorrido. Está expuesta la versión gráfica de “Operación Masacre”. A la vista de todos el grito desgarrador: “¡Por mis hijos!”, y el aún peor, “¡¡¡Mátenme!!! No me dejen así… ¡¡¡Mátenme!!!”. En otro extremo, también puede leerse la Carta Abierta a la Junta Militar.
Tres vitrinas exponen objetos materiales de su vida como periodista. Una cámara de fotos, una mochilita de flash, un libro, anteojos. Libros, libros, - más de 20 libros -, anteojos. Más libros, piezas de ajedrez, la portada de un diario que anuncia la muerte de Perón, revistas, una letal máquina de escribir, anteojos. “La sublevación de la palabra” se llama la muestra, y esos anteojos que la ilustran están rotos. Un marco grueso – a veces negro, a veces carey – envuelve dos cristales de forma cuadrada. Uno de los vidrios está astillado, formando un dibujo parecido a una telaraña. Quizás los cristales están rotos por acercarse mucho a realidades filosas. Es el precio de la rebelión de la verdad.
Hay una mesa de ajedrez, con una partida en juego. Las piezas son de las de antes, con una felpita en la base para no rallar el tablero… que sin embargo tiene marcas de estar bastante usado. De un lado, donde imagino a Walsh, un paquete empezado de cigarrillos, y uno, ya apagado, está apoyado en un cenicero. Apuesto a que los cigarrillos restantes no van a durar; y días después lo compruebo. Las piezas de Walsh, las negras, pierden. Su Rey está en jaque. Y lo imagino a él, parado en algún lugar cerca de San Juan y Entre Ríos, el 25 de marzo de 1977, y con la misma sentencia.
Mejor me voy.
Con la sensación aún latente de haberme metido en un mundo intenso, extremo y comprometido, salgo del laberinto. Se rompe la burbuja y estar en la Universidad me parece extraño. El ruido, el movimiento y las corridas, me despabilan. Pienso en la ausencia, en la valentía, y surge una descripción precisa, “no es un héroe de película, sino simplemente un hombre que se anima, y eso es mucho más que un héroe de película”… aunque sé que no soy original con esto.
Tan presente su ausencia, como eterna su obra.

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