Género Crónica

Reflexión Debate sobre el Género: la Crónica

Crónica: f. Historia en que se observa el orden de los tiempos.
Diccionario Enciclopédico NOVUS.

Me gusta empezar con definiciones porque siempre dan punto de partida a la discusión.
Como remarca Caparrós en el prólogo de “La Argentina Crónica”, y como indica la etimología de la palabra que le da su nombre, el tiempo define la crónica. Se narra algo que se desarrolla a través de él. Pero como también podemos observar en el mismo libro, existen múltiples definiciones del género. Mi idea es que hay tantas definiciones como escritores de crónicas.
Leo las crónicas porque son lo más literario que puedo encontrar en un diario. Me entero y disfruto de una historia, y no sólo de una suma de datos, nombres de desconocidos y cifras.
Escribo crónicas porque me gusta narrar, y usando material del mundo real, es sólo cuestión de ordenarlo y darle forma.
Cristian Alarcón (autor de “Un día en la vida de Pepita la Pistolera”) dice: “La crónica es una versión insospechada de lo real.”[1] Es un buen punto de partida. Las palabras clave serían versión, porque es un relato, y lo real, porque parte de los hechos. Aclara este aspecto Amar Sánchez cuando dice que “(…) es necesario distinguir lo real – los hechos – de la realidad, que es ya una construcción”[2].
Sin embargo Alarcón también enfatiza la palabra insospechada. La crónica debe ser insospechada en su profundización, observación. Debe reparar en aquello que se pasa por arriba, que se asume. A veces algo nos es tan cotidiano que no nos detenemos a analizarlo. El cronista debe estar preparado para extrañar – en el sentido de hacer extraño – todo, y así tener la necesidad de describirlo, desmenuzarlo, desarmarlo y comprenderlo.
Alejandro Seselovsky, (autor de “Skinheads antifascistas: el lado rojo de la fuerza”) confiesa que “De las diez cosas que más me preocupan [al escribir una crónica], el lector está en el puesto catorce.”[3] No concuerdo con él. La crónica es un artículo que el periodista disfruta escribir. No es la mera trascripción de datos en pirámide invertida, sino una historia con personajes que toman cuerpo, y sucesos que se hacen carne. Pero si uno las escribiera sin pensar en el lector, puede igual de bien llevar un diario íntimo. El lector está presente a la hora de hacer la crónica, porque es necesario tenerlo en mente en el momento de decidir qué información es necesario agregar para una mejor compresión y aprovechamiento del texto y cuál se puede obviar, por ejemplo. Quizás no le daría yo el primer puesto de mis preocupaciones, pero seguro que el lector sube al podio.
Emilio Fernandez Cicco (autor de la desabrida “En campaña con Duhalde y Ortega”) dice que la crónica puede definirse como “Un hombre que no sabe nada de nada, o sea un periodista, buscando enterarse algo de algo, o sea una historia.”[4] Esta es una definición muy simplista y hasta despreocupada. Un amigo una vez me dijo cuando le expliqué (se ve que precariamente) la finalidad de la carrera que estudiaba: “Ah, pero son todos ladris que estudian para no saber nada pero poder hablar de todo.” Me ofendí un poco en ese entonces, pero pensándolo bien, era correcto – sacando lo de ladris. El periodista y el comunicador se preparan para poder abordar distintas temáticas, con las herramientas necesarias para informarse previamente sobre ellas, aunque sea de forma general. No es el cronista alguien que no sabe nada de nada, sino alguien que tiene la habilidad de informarse con el tiempo en contra. No hay que aparecerse al primer encuentro que devendrá en una nota como tabula rasa. Siempre se va a investigar antes el tema, o los temas, que nos podemos llegar a encontrar. Es muy intuitivo el acto, pero la experiencia debe alimentarlo y entrenarlo.
En la misma línea, es cierto lo que alguna vez dijo Ryszard Kapuscinski: “Considero que una característica fundamental en nuestro trabajo es la humildad. Es más que importante entender lo modesto que resulta ser periodista, porque no hay ninguna otra profesión en la que se dependa tanto de los otros”.[5] Dependemos totalmente de los otros, las fuentes. Pero tampoco hay que descansar en ellos, como sugiere Cicco. Kapuscinski mismo, como lo describe la periodista Verónica Abdala “puede [podía] llegar a devorarse una biblioteca antes de atreverse a opinar sobre determinada cuestión, o de iniciar el trabajo de campo, bajo la certeza de que el trabajo del periodista se asienta en dos patas que se complementan mutuamente: la acción y la reflexión, instancia esta última en la que juegan un papel decisivo los libros. Antes de emprender la investigación que conduciría a Ébano, su libro sobre África, de hecho, leyó doscientos volúmenes sobre el tema.”[6] En el artículo “Escritores crónicos”, de María Moreno, se citan una serie de preguntas muy interesantes que María Sonia Cristoff se hace acerca de la crónica: “¿Qué sucede con una narración que pretende representar una realidad cuyos referentes no están camuflados ni son producto de la imaginación? ¿Cómo abordar esos referentes? ¿Es realmente cierto que ese tipo de representaciones no recurren a ninguna estrategia de camuflaje? ¿Cuál es el lugar en el que se ubica, narrativamente hablando, el autor? (…) ¿Cómo se indaga en los temas desde la literatura de no ficción? ¿Hay una obligación de citar fuentes de la cual la ficción está relevada? ¿Cómo citarlas? ¿Cómo evitar los recursos de la academia y los de la investigación periodística en esas citas?”[7]
Todo eso, consciente o inconscientemente, se lo pregunta el escritor de una crónica cuando se dispone a presentarla. La respuesta a estos interrogantes podría sintetizarse en la frase de Hellmann que cita Amar Sánchez: “Todo esto realmente pasó, así que no me culpen si no parece real.”[8] Si bien esa es la excusa del cronista, es sobre los límites que se pregunta Cristoff. “El único límite cierto es no vulnerar la dignidad de los protagonistas ni la seguridad de las fuentes.”[9] Dice Cristian Alarcón caracterizando la ética periodística. También es importante trazar la línea de la primera persona, como dice Caparrós: “(…) cuando el cronista empieza a hablar más de sí que del mundo, deja de ser cronista.”[10]
¿Cómo se escribe una crónica?
No desde una redacción, por dos motivos: el primero, el imprescindible salir a la calle. Recorrer, andar un camino. En segundo lugar, porque la naturaleza del texto se contradice con la urgencia del ambiente. Lo ideal es tomarse el tiempo necesario para darle forma y sentido.
Hay que ser gráficos. No gráficos obscenos: no hay necesidad de que nuestra crónica chorree sangre, miseria o tragedia para que sea cruda. Hay que ser gráficos en el sentido de muy descriptivos. La persona que lee nuestra crónica debe ser capaz, a través de nuestras palabras, de imaginar la misma imagen que nosotros presenciamos.
Caparrós dice: “La magia de una buena crónica consiste en conseguir que un lector se interese en una cuestión que, en principio, no le interesaba en lo más mínimo.”[11] Despertar el interés de alguien por algo es un arte, y si estamos escribiendo, es crucial. Porque el acto de escribir se completa cuando es leído. Más allá de la catarsis que pueda implicar para el escritor, el texto cobra vida en el lector, en cada lector. Teniendo esa responsabilidad, es importante que el cronista ponga el foco en aquello en que el lector no había, necesariamente, reparado.

TRES PREGUNTAS SOBRE LA CRÓNICA PERIODÍSTICA

-¿Cuál es su definición de "crónica"?
Descubrir. Correr un velo de la realidad, y contar algo de un mundo ajeno a nuestra cotidianeidad, o que pertenece a ella, pero no es observado intensivamente. Espiar al otro desde una cierta inocencia e ignorancia. La capacidad de asombro es esencial, así como la habilidad descriptiva.
-¿Cuál cree que es su finalidad?
No se tiene la obligación de ser los ojos del lector, pero sí de satisfacer su curiosidad. Al fin y al cabo se trata de enterarse de algo que no se conoce. La crónica debe cumplir el rol de ventana al mundo real más que ningún otro artículo periodístico. Aunque sabiendo que nada escrito por una persona es una ventana al mundo real, sino que se parece más a un cuadro pintado por un pintor caprichoso; que al menos nuestras crónicas sean historias pintadas con pincel honesto y colores crudos.
-¿Qué límites –éticos, metodológicos- existen a la hora de investigar una historia para contarla?
Los mismos que tenemos en nuestra vida diaria - sé que no soy original. Los míos van a ser no traicionar la confianza de nadie, y la mejor forma de hacerlo es aclarar claramente (valga la redundancia) nuestro rol desde el primer momento.

Por María del Mar

[1] Alarcón, Cristian, en La Argentina Crónica, Selección de Maximiliano Tomas. Planeta, Buenos Aires, 2007. p.49
[2] Amar Sánchez, Ana María. El género no ficción: un campo problemático, en El relato de los hechos. Rodolfo Walsh: testimonio y escritura. Beatriz Viterbo Editora. p. 30.
[3] Seselovsky, Alejandro, en La Argentina Crónica, Selección de Maximiliano Tomas. Planeta, Buenos Aires, 2007. p.96.
[4] Fernandez Cicco, Emilio, en La Argentina Crónica, Selección de Maximiliano Tomas. Planeta, Buenos Aires, 2007. p.98.
[5] Kapuscinski, Ryszard, citado en La leyenda del santo periodista, de Verónica Abdala. P/12, Cultura, sábado 31 de Agosto de 2002.
[6] Abdala, Verónica. Ídem.
[7] Cristoff, María Sonia, citada en Escritores crónicos de María Moreno. P/12, Radar, domingo 07 de Agosto de 2005.
[8] Hellmann, J. citado en El relato de los hechos. Rodolfo Walsh: testimonio y escritura de Ana María Amar Sánchez. Beatriz Viterbo Editora. p. 23.
[9] Alarcón, Cristian, en La Argentina Crónica, Selección de Maximiliano Tomas. Planeta, Buenos Aires, 2007. p.50
[10] Caparros, Martín, en La Argentina Crónica, Selección de Maximiliano Tomas. Planeta, Buenos Aires, 2007. p.13.
[11] Ídem, p.11.

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