Cuento de consigna onírica


El Salto

Cargada de angustia, siente la esencia de lo que está por venir… Pero prefiere no comprenderlo aún.
Se encuentra rodeada de un paisaje que nunca había visto, y le parece irreal. No hay elevaciones en el terreno, que podría definirse como avejentado. La iluminación es exagerada, hace que ciertas partes del alrededor la enceguezcan cuando observa. Blanco, sepia, amarillo, anaranjado y gris.
No siente peso, ni cansancio. Tampoco lleva equipaje, y quizás es lo que más duele. Pero sabe que está de paso.
Al frente: toboganes. Toboganes larguísimos y muy empinados. Al contrario de los que se encuentran en las plazas, no es necesario subir para deslizarse, sino que el punto alto está al nivel del suelo. Ella se acerca y se asoma, pero no llega a ver el lugar de aterrizaje. Hay bruma allí abajo, una niebla blanca, casi vaporosa.
Se permite suspirar y una lágrima casi se hace paso por sus mejillas. No está sola, pero tampoco acompañada. Al igual que todos allí.
Los observa: hay quienes no se detienen y avanzan. Incluso hay quienes corren para zambullirse. Algunos toboganes hasta están congestionados. Pero también, muchos lloran y ella entiende. A varios se los ve aliviados. Otros, se muestran contemplativos.
Entonces los ve a ellos. Uniformados de blanco, son quienes se encargan de animar a cada uno al salto. Todavía no repararon en ella, quién sabe hace cuánto tiempo está cada persona que puede ver allí. Se pregunta por cuánto la dejarán extender el momento previo.
Y, ¿qué vendrá después? Hay tantas versiones que se confunde de sólo considerarlas. Lo irónico es que ya no es relevante. Lo que importaba ya pasó, y se termina.
Esta vez cae: una gota salada que muere en sus labios. Nunca se le dieron bien las despedidas, y esta sería la más importante y definitiva.
Fue entonces cuando sintió una sutil caricia en su hombro izquierdo. Era uno de ellos que llamaba su atención. Sin pensarlo, da un paso para alejarse de él y su cabeza empieza a moverse en negación.
Todavía no.
Con una sonrisa compresiva pero firme – triste, pero firme -; él da el paso que los separa.
Ella se vuelve a alejar.
No está lista.
Pero nadie lo está.
El llanto deja de ser sutil y ella está dispuesta a rogar. ¿Cuándo, si no?
Quiere más tiempo, sólo un poco más.
Pero ya es hora.
¿Qué hay después, qué pasa con antes?
Antes, ya está.
Él se acerca y la abraza. Ella se deja abrazar, porque no le queda nada más. Y se sorprende porque el abrazo es cálido y siente que por su cuerpo la inunda la certeza.
Ya sin dudas, seca sus lágrimas y da un paso más.
De frente a uno de los toboganes, libre y vacío sólo para ella, contempla la incertidumbre de lo que vendrá.
Se dice adiós, y salta.
Y lejos, muy, muy lejos, su cuerpo muere al fin.

Por María del Mar

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