Notas de lectora de Salinger


Admiro de J.D. Salinger su talento de saber guardarse información. A veces, los escritores se exceden dando datos de sus personajes o situaciones, hasta el punto que parece forzado, o un medio para decir “miren todo lo que se me ocurrió”. Estoy segura de que él conoce todo aquello que no dice, pero sabe sacrificarlo en pos de un cuento mejor.
Por ejemplo, en “Un Día Perfecto Para El Pez Plátano” [Publicado en “9 cuentos”, Alianza Editorial, Buenos Aires, 2003] desde el comienzo están esas cosas que no se dicen. ¿Qué había hecho Seymour con los árboles? ¿Qué hizo con las fotos de Bermudas? ¿Qué es el asunto de la ventana? ¿Tiene Seymour o no un tatuaje? Al leer va creciendo la intriga acerca de este hombre. Después, conocemos a Sybil y nos da miedo verla interactuar tan despreocupadamente con él, que sin dudas está desequilibrado. Y él la toma de los tobillos, la alza… y nosotros esperamos lo peor. La nena le habla algunas incongruencias que él sigue con inesperada dulzura. Y aparece la cuestión de los peces plátano. Él le cuenta la historia mientras juegan y, al fin, se separan. La niña está a salvo. Con el episodio del ascensor se confirma que Seymour tiene un problema. Entra a la habitación y creemos hasta el último segundo que va a asesinar a su esposa.
Pero no: se suicida.
Todo este cuento se basa en lo inesperado. En crear angustia y ansiedad a través de los pequeños episodios. Pero Seymour es el pez plátano. Lo último que quiere es tragar otro más: ya comió demasiados durante la guerra. Tantos, que ya contrajo esa enfermedad que no lo deja seguir viviendo. Así que no va a dañar a nadie, sino a él mismo.
Salinger maneja muy bien también, y en la misma línea de la información que no da, las conversaciones. En ellas hay interrupciones, temas que no se retoman, mezclas de frivolidades y asuntos profundos, asunciones propias de dos personas que ya se conocen y no verbalizan todo. Muchos diálogos se escriben con la preocupación de que al lector le quede todo claro, pero Salinger prefiere naturalizarlos, como si fuesen la trascripción de una charla ajena sobre un tema no necesariamente conocido. El lector entenderá lo que pueda, y el resto queda a su cuenta.
Con respecto a “El Hombre Que Ríe”, aparece en él otra de las características que me atrapan de J.D. Salinger: su capacidad de meterse en la cabeza de un niño y razonar, percibir y narrar como él. (Ya había disfrutado leyendo en “El Guardián Entre El Centeno” un fiel reflejo de la adolescencia). En este caso, es eje de la historia la inocencia del niño, y como la pierde al final. Los Comanches proyectan la admiración por su Jefe en la indestructibilidad del Hombre que Ríe (dice del Jefe: “Si los deseos hubieran sido centímetros, entre todos los comanches lo hubiéramos convertido rápidamente en gigante.” Y del Hombre que Ríe: “…me sentía, no solamente descendiente directo del "hombre que ríe", sino además su único heredero viviente”).
Sin embargo, el Jefe es humano y aparece cierta mujer, que también, enfrenta al narrador por primera vez con el sexo opuesto. Tras un desengaño amoroso el Jefe se amarga y decide que es hora de que su personaje muera. Y los chicos no lo pueden creer y lo viven como el primer duelo de sus vidas. Por un lado, se murió su héroe de la ficción; y por otro, el Jefe no era tan intocable como parecía, y algo ajeno a ellos lo afectó demasiado. Algo puro e inocente se pierde.
Salinger tiene el talento de saber cómo enfocar esas escenas de la vida, sin tener que escribirlo textualmente. Tampoco son relatos exclusivamente, digamos, “conductistas”. Si bien se basan en acciones y diálogos, y no hay interpretaciones psicológicas de por medio, no son una mera lista de una serie de acciones. Cada detalle está seleccionado y organizado de manera de dar un panorama fiel. Y mucho, como ya dije antes, se deja de lado para que el lector lo recoja y no se limite a leer pasivamente.

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